Todo empezó una agradable y como se acostumbra en la hermosa ciudad de Cali, calurosa tarde de colegio, tal vez en el año 2007, no recuerdo, no es importante, tampoco el mes, ni el día, ni mucho menos la hora, pero era por la tarde y hacía calor… Mientras mis compañeras de 8-3 y en general la promoción del 2010 que estudiaba en ese momento y yo, disfrutábamos de los tan repudiados años andrógenos de la pubertad, donde ciertamente la vida es mas fácil, sin acné, ni cólicos, ni Facebook, Twitter ni nada de esas pendejadas, pero era lo único bueno que tenía esa etapa obligatoria de la vida, donde estábamos descubriendo el mundo y éramos un manojo incipiente de hormonas…aún los somos pero por lo menos ahora hay más identidad de genero, jum!.
Pero bueno, eso tampoco importa, decía, que todo comenzó una tarde cuando un sabio profesor de biología decidió darnos a niñas de 13 años una gran lección de educación sexual haciéndonos cuidar entre parejas (de a dos) un huevo que previamente firmaría y que nosotras debíamos mantener intacto y en perfectas condiciones por mas o menos, entre 2 semanas y un mes (nótese, las fechas no son mi fuerte) y luego presentar un trabajo que consistía en una lista de precios, investigada por nosotras mismas, en cualquier tipo de empresa prestadora de salud, supermercado, tienda, persona que tuviera bebes, droguería o miscelánea, donde se podía apreciar en promedio, la cantidad de dinero que se necesitaba para brindarle a la nueva vida la manutención indicada para su bienestar, como son, teteros, pañales, vacunas, compotas y todas las cosas que a una niña de 13 años no le interesa porque ya esta muy grande, ósea, ya habíamos dejado de jugar con esas espeluznantes muñecas que se les movían los ojos y en sus bocas tienen el agujerito disque para el tetero y ahora nos ponen a cuidar un huevo, ¡muy bonito!; así como en toy story, la 2, ya no nos interesan las vaqueras de juguete y los ponys, sino el color de los esmaltes y hablar por teléfono, ja!.
Sobra decir que el huevo no podía estar precocido porque eso seria hacer trampa y que si se llegaba a quebrar, no se podía reemplazar – porque ya estaba firmado - y el profesor no iba a firmar otro, ni que fuera bobo, y no somos delincuentes para falsificar su firma (yo lo intenté… no funcionó), y si no se presentaba el huevo, tampoco se podía hacer el trabajo de la lista de precios y por ende uno perdía el logro. Pero oh sorpresa, el objetivo del trabajo, iba a quedar como una práctica enseñanza en nuestras jóvenes mentes para la posteridad.
Muy sabio el profesor…
Come era de esperarse, nosotras al saber la noticia, estallamos en una lluvia de comentarios eufóricos propios de los 13 años, y a pesar de que muy pocas teníamos una idea realista sobre la concepción de un bebe, se nos abrieron los ojos – también la boca - de la emoción, porque eso si, lo de parlanchinas lo tenemos en las venas y no escuchamos el resto del trabajo por andar pensando en encontrar pareja y hacer planes utópicos para el futuro de la criatura.
Así que en los sucesivos días empezaron a aparecer nuestros hijos; como yo no podía concebir en ese momento, por que mi pareja era mi mejor amiga, porque el objetivo no era involucrar una relación sexual y porque en 8-3 solo éramos niñas, Natalia y yo, tuvimos que alquilar un vientre, no estoy muy orgullosa de confesarlo, pero nunca supe el nombre de la madre biológica, la llamaré, Gallina… tampoco se si fue hija única o fue separada cruelmente del cartón donde descansaba con sus 11 o 23 hermanos restantes, y tampoco me acuerdo cual de nuestros padres pagó el procedimiento porque en esa época – aun ahora - éramos tan pobres que no teníamos ni para comprar un huevo jajajaja!!!
Y al igual que el resto de niñas, nosotras quisimos darle el aspecto correcto y NO infantil a nuestro retoño temporal, y el colegio se convirtió en una pasarela donde las y los estudiantes de 8º grado (también había niños pero eran muy pocos) llevaban a lucir sus hijos en cualquier cantidad de canastas, cajones, cunas etc.
Y no falto la que se creyó el cuento, y protegía tanto a su proyecto que no lo dejaba ni ver, (tal vez pensó que le haríamos mal de ojo para que se rompiera y perdiera el logro) o la que empezó a descubrir sus dotes maternales y adornó el huevito con cuanta cosa encontró en los cajones de la mamá; no faltó a la que se le rompió al primer día, a la que no le importaba si vivía o no, la madre sobre protectora que lo tenia en una caja llena de algodón cual frijol en preescolar, la que lo pintó, la que le puso nombre, trenzas de lana, brazos, piernas, vestidos y así hasta el final de los días.
- ay!!! Mk mira tan boniiitooo, tiene camita!! (Lloremos pues)
A excepción del “marica” – ojo, la palabra - , todas parecíamos unas singulares tías cuarentonas, con uniforme escolar y sin arrugas, pasando de puesto en puesto, de salón en salón - y del mismo modo en sentido contrario - , admirando los bebes de nuestras compañeras, y como alguna vez dijo precisamente una de mis tías cuarentonas, éramos unas autenticas “gallinas culecas”… que expresión TAN horrorosa y al mismo tiempo TAN apropiada, cosa de locos.
Desafortunadamente, Natalia y yo perdimos el logro, ya se imaginarán porque, pero en nuestra defensa, debo decir que fue un episodio accidental. Mientras esperábamos la ruta para ir al colegio, y el huevo, que a esa altura ya tenia trencitas rubias (herencia de la gallina supongo), carita y la flamante firma del profesor en sus lisas partes íntimas, se resbaló de la superficie donde descansaba, rodó y se estrelló contra el suelo. Nosotras vimos el recorrido del huevo o debo decir hueva, en cámara lenta, y cuando se estrelló y su contenido que en otras circunstancias nos hubiera alimentado se regaba en el suelo, vimos desvanecerse ante nuestros ojos un excelente en biología. Todo termino cuando alzamos la mirada y nos sorprendimos con una mirada mutua de asombro que dio paso a una carcajada ruidosamente explosiva, que todavía no ha cambiado. J
Yo solamente espero que si llego a sobrevivir a alguna peste mortal mediática (véase gripa porcina, avícola, perruna etc.) o al 2012 o a cualquier profecía fatídica de un católico esquizofrénico o en su defecto indígena extinto y puedo tener un hijo, que no ruede y se me caiga, pero si eso llega a pasar, espero que lo ultimo que salga de su interior sea una yema de color naranja, y por supuesto que no me de risa…
Debo añadir que nunca me di cuenta del valor de la enseñanza del proyecto hasta unos tres años después en una sesión del gobierno escolar, y me pareció una forma muy práctica de impartir la educación sexual. El profesor en su inmenso saber nos enseñó que un bebé además de que sale más caro que un huevo, necesita muchísimo cuidado, porque si se nos cae no bastará robarnos a uno de sus hermanitos del cartón que esta en la cocina, pero muy probablemente olvidó una lección y sugerencia implícita que nos dejó y fue que no se necesita saber quien es el padre y quien la madre, porque al final todo lo que uno necesita es amor.
Muy sabio el profesor…
PD: let gay people do whatever they want!
Esta historia continuará...
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